José entra en la habitación adonde está sentada una mujer en un viejo sillón de madera labrada. Es una antigua maestra de escuela de esa pequeña aldea serrana. También es su abuela. La luz de la media mañana entra por el ventanal e ilumina su rostro envejecido. A su nieto le cuesta creer que sea la misma mujer que emana belleza desde viejas fotos blanco y negro, enmarcadas en algunos portarretratos distribuidos por la casa. El tiempo deteriora el cuerpo y también el alma, como un viento suave y constante que erosiona hasta la más dura geografía.

Sobre el rostro de la anciana corren lágrimas. José lo percibe. Ella levanta la vista. Divisa sus grandes ojos verdes, su flacura, su cabello enrulado y ese gesto parecido a una media sonrisa que transmite melancolía. Ella sabía emocionarse con aquella visita pero eso también ha cambiado.
Siempre lo vio como un niño frágil, inocente y malherido al que era necesario ayudar y sostener. él la conoce dulce y plena de virtudes, como un ser sin asperezas y sin rigidez, hospitalaria y desinteresada. Visitarla es como un asilo en el cual puede reposar su cansancio; nunca gestos de impaciencia o enojo. Ella se muestra cuidadosa en los reproches, si tiene que hacerlos. La experiencia le ha enseñado que ante ciertas situaciones, es mejor doblarse y ceder como una caña. Esa también es una manera de darle amor a su nieto.

Sobre una mesita apoyada en la pared, hay un jarrón de plata labrado con motivos florales y de ángeles en medio de círculos y cruces. Brilla.
José percibe que la ictericia amarillea la mirada de su abuela. De alguna manera, bajo ese manto ambarino, siente una chispa que bien podría ser esperanza.

- ¿Recuerdas, abuela, cuando venciendo los caminos inclementes, con frío, vientos, soles ardientes, llegabas sin falta a tu escuela ? ¿Tenías necesidad de tanto sacrificio? ¿Eso extrañas?

La anciana niega con la cabeza. Emite un suspiro hondo. Lo mira.

- Estoy sola, dice. Pero esa soledad sería pacífica si no me asaltaran los remordimientos. Tengo necesidad de ser escuchada. Si me permites te contaré cómo se me ha cerrado el cielo después de la gran falta que dio origen a mi dolor.

- Estoy aquí para escuchar todo lo que quieras contarme abuela.

- En ese tiempo, igual que ahora, supongo, los padres exigían pureza a sus hijos. Pero hay en la vida de las niñas, largas zonas salvajes donde la virtud de la espera no penetra. Más cuando hay amor, que surge a veces a edad muy temprana.

José toma una silla y decide sentarse enfrente de ella. En su rostro hay preocupación que se mezcla con expectativa.

- Todo fue como un relámpago que lo iluminó todo, lo llenó todo de flores y promesas, de aromas nuevos, sensaciones mágicas y anhelos. Pero tuvimos que romper esas promesas cuando me embaracé – la anciana toma fuerza con una inspiración – Había fronteras, barreras que no teníamos el derecho de franquear. Por eso busqué una comadrona que me ayudara a abortar. En ese momento era necesario examinar los deseos de Dios para ver si se acomodaban a los intereses de la Iglesia, de los vecinos, que suelen ser la iglesia misma. Supongo que obré con un paganismo abyecto. Veía todo en la perspectiva de mi provecho terrestre. Estaba embarazada. ¡Qué pecado! - Ella se detiene y mira hacia el cielo raso. Niega con la cabeza- No escuché la voz de Dios que hablara en mí, diciendo: ¡Detente! ¡Permite que ese ser, que ya tiene alma, sea conducido a la vida. No importa que las personas del pueblo te condenen.

José toma una mano de su abuela y la acaricia. Comprime sus labios y siente deseos de abrazarla para reconfortarla, así como ella lo reconfortó a él tantas veces. Pero desiste de hacerlo porque no quiere interrumpir la historia.

- Ahora es distinto. Se sabe que un Dios que disiente y condena no es el único soberano Dios, el maestro, sino un ídolo. Yo le temía tanto a los rumores, como si fueran la personificación de la lengua de ese Dios castigando con su juicio feroz a quienes se apartan del riguroso camino e intentan subvertirlo.

La anciana mira a través del ventanal y señala hacia afuera. Una hilera de altos eucaliptos y paraísos añosos adornan el paisaje inmediato. Más allá, se encuentra el río que ella conoce tan bien, y que tantos recuerdos le trae. Las sierras se levantan enverdecidas por espinillos, hierbas y jarilla. Se queda señalando hacia el infinito. José decide no interrumpirla.

- Con la comadrona llegamos a donde comienza el río. Lejos de aquí, en la propia vertiente. Allí dejé los restos del que sería mi niño. El jarrón de plata que ves ahí fue la única herencia de mi padre. Antes de morir me pidió que lo donara a la iglesia, para contribuir con la obra de Dios. Y eso debería haber hecho…- la abuela contempla el jarrón por unos segundos como si buscara algún rastro del pasado – Jamás lo llevé a la iglesia porque con ese jarrón fueron lavadas mi sangre y la del bebé que hubiera sido. Enterré el fruto de mis entrañas en la vera del río. Y el agua se tornó rosada. Lo recuerdo como si fuera ayer. Yo tenía la cabeza inclinada hacia un costado y pude ver el color del agua. Estaba tan ajena a mis sentidos que no pude ni llorar. Solo miré pasar la vida diluida en el río, con la certeza que me perseguiría para siempre, sin dejar un lugar para refugiarme. El agua rosa.
José decide abrir la ventana. Piensa que tal vez el aire fresco de la media mañana pueda ayudar a su abuela. Los trinos de los pájaros suenan nítidos. Catas, benteveos y hasta alcanza a notar un rey del bosque. Se sienta y le pide a su abuela que continúe.

- Poco a poco el río desvió su curso en el lugar preciso donde dejé los restos. Luego el pueblo se quedó sin agua. Me atormentaban las dudas y he rezado de manera intensa acariciando ese jarrón de plata, con la convicción de que al ser utilizado para un fin tan ruin tendría algo que ver con el desvío del río y que el pueblo sufriera sed. Me ponía de rodillas en actitud de penitencia. Me sometía a los designios de aquel Dios para que castigara a la pecadora y no a los demás. No sabía qué más ofrecerle a Dios para obtener su perdón. Llegué hasta a orar al genio del bosque. En mi confusión no entendía su voz, la del Señor. Estaba vacía y parecía que la mirada de Dios estaba ausente. Sentía que él se daba vuelta y no quería llenar mi pobreza de entendimiento. Ah, hijo…¡Los valores morales! Me refugié en estúpidos principios, de falsa sabiduría. Ahora no pasan estas cosas. ¿Pero sabes? Mi pensamiento y oración fueron tan fuertes…Mi Dios, ahora volvió el agua.

- Es cierto, abuela. Ahora tenemos agua y los ríos se han llenado.

José no puede contenerse y estrecha a su abuela en un abrazo. Al separarse ella concluye:

-¿Crees que él me ha perdonado? ¿Qué los milagros existen? ¡El agua, la vida, volvieron a Tulumba!

Autora: Chichí Baracat - Año 2015   

Chichí se recibió de maestra a los 17 años ejerciendo solamente dos años a pesar de que era su vocación.

Tuvo dos grupos de teatro experimental ( Alejandro casona y Alberto Manzur ) se preparó para ello con el Rada ( Real academia de arte, de Londres ) y con Alfredo Alcón .

Es mentora y fundadora del Rotary Club Ischilin siendo hoy, Socia Honoraria.

Dice Chichi “Que Ahora, lo mejor es que soy abuela de seis alumnos de Universidad y madre de cinco hijos, todos profesionales aunque no ejercen y tengo el orgullo de ser madre de un escritor”.